domingo, 25 de agosto de 2019

Hoy toca hablar de la noche.

Esta noche ha sido dura. Como hacía tiempo que no lo eran. Las primeras horas, como siempre. "vete a la cama, que ahora voy yo". 'Ahora' significa un par de horas, no sea que aún no me haya dormido y me de por ponerme cariñoso, o sea, pesado, que es lo mismo. Por la tarde, había tenido una charla con mi cuñada, en la que afloraron cosas de la juventud, como los sinsabores, amoríos platónicos y demás idioteces de las que "disfruté" en esa etapa de la vida en la que se supone que se tiene el primer amor, en la que se despierta al sexo con escarceos mas  o menos exitosos y en la que yo pasé mis "mejores" momentos de soledad mientras mis amigos y amigas me hacían sentir envidia cada vez que nos veíamos. Por la noche, esa charla se me indigestó y volví a revivir aquellos días de mierda en que mi mejor compañía eran las ocas del claustro de la Catedral de Barcelona. Aquellos días en que salía de casa para no ir a ningún sitio, en los que la tarde del sábado y el domingo se hacían eternos y  deseaba con locura que pasasen esas horas, que llegase el domingo a la noche para acostarme y despertar el lunes para ir a trabajar, a estudiar y vuelta a casa de nuevo a dormir... Hasta que llegaba de nuevo el sábado, el horrible sábado, y al salir de trabajar a mediodía tenía que inventarme alguna escusa para huir de casa, esa casa que se me caía encima pero de la que, a la vez, no deseaba salir para no encontrarme de nuevo solo como un gilipollas, dando vueltas sin ningún rumbo hasta la hora de cenar. "Este fin de semana me voy a esquiar con los amigos". Y una mierda. Ell@s se iban a esquiar y yo me metía en cualquier sitio a dormir, lo que fuera con tal de no ir a un apartamento con los demás y seguir viendo lo mismo de siempre. Una vez si caí en la trampa. Me fui a esquiar con la "colla", pero fue una vez  y no más, Santo Tomás. Después de cenar, tod@s se fueran con sus respectiv@s a la ama, y yo me quedé como siempre, solo, en el sofá del comedor, llorando de rabia y envidia como lo que soy, un imbécil, hasta la mañana. Así que, ¡hala! a desayunar y a esquiar cayéndome de sueño y listo. A la tarde, vuelta a casa, vuelta a la rutina y a desear que no llegase el sábado. No os penséis que en el trabajo la cosa iba mucho mejor. Trabajaba de cara al público, y en un barrio de gente obrera y de clase media-baja, con compañeros cuarentones que me metían en encerronas cada vez que entraba alguna chica joven en la oficina. "'Carlos!, ven a ayudarme que tengo mucha faena!" Me decía Eugenio cada vez que entraba una cliente, una niña rubia preciosa y  con unos ojazos que quitaban los suspiros. Después, me caía la "bronca". Una bronca cariñosa y llena de buenas intenciones, eso sí. "Pero, como no le has dicho nada? Como no la has invitado al cine este sábado? El próximo día que venga por aquí, o le dices algo o se lo diré yo". Quizá hubiera sido mejor que se lo dijera él. A lo mejor no le habría dicho el "no" tajante que me soltó a mí. De nuevo , no, por que no, sin más explicaciones ni resquicios, nada que diera a entender que igual mañana sería "sí"...Llega el sábado de nuevo. Mierda de puta vida.

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